
Escucho, pero con dificultad.
Con dificultad como la del champagneaso de Coco Rosie. Como los acordes que intentan salir de mi garganta abatida de tanto cantarle a los papeles rotos, rojos, rocosos.
Así de dificultoso y embriagante fue la espera. La espera no por su presencia sino por el sueño que debía traer y que me pertenecería.
Intentaba no perder a nadie de vista, pues la gente tiende a escabullirse. Aunque difícil hubiese sido que lo intentase siquiera, pues a ratos el lugar quedaba desolado y los peldaños no traían más que el viento con ellas.
Observaba detenidamente los bolsos que traían con ellos tratando de divisar alguna señal que me indicara que venía mi ojo caleidoscópico.
Algunos se percataban de ello (más de alguno que pensó en coqueteo, más de alguna que pensó en un loquero y más de muchos que no pensaron).
Otros como aquel respondían con miradas inquisitivas. Otros como aquella no pareció vislumbrar mi mirada, ni la del guardia, ni la de la joven que le entregó un boleto a cambio de su dinero, ni la de las escaleras (o al menos eso deseé).
...Una mochila, una maleta, un bolsillo, una chaqueta, alguien tose, ellas se ríen, ella come una manzana con la boca abierta, nuevamente inhóspito y ...de ella ni luces, ni sombras, ni pasos, ni bolsos.
Llevaba ya veinte minutos y él llegó corriendo. Movía los dedos y no paraba de rascar su cabeza (y en realidad no quería que dejara de hacerlo).
Mientras le cantaba, llegó a su fin mi espera. Ella traía mi ojo caleidoscópico que no era mío pero que ansiaba serlo.
...¿Tú eres?...yo soy...No hizo falta preguntar nombres ni datos innecesarios. Tomé en mis manos mis anhelos y dejé en las suyas mis pesadillas.
Y así continué fotografiando los vagones, las distancias y las escaleras enmudecidas.
Aletheia
A propósito de las miradas vacías

