abril 06, 2006

La ajenidad (de)forma

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Sólo más allá de la angustia ocurre el acto. Podríamos decir, entonces, que sólo en el exilio de los grandes sentidos surge la escritura, la producción de un sentido que pueda revertir incluso el pasado.
Esto tiene directa relación con la corrompida autonomía de la literatura con la nombrada inmigración de Piglia. Una inmigración que trae consigo no sólo nuevos habitantes, sino que destruye identidades nacionales y valores tradicionales.
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Entonces, somos lo que contamos para circunscribir la identidad, lo que hace cuestionarnos ¿Cuál será la verdadera historia? ¿Cual será esa historia verdadera a nivel del sujeto individual? ¿Es una historia que se compone de autenticidad o entorno a lo que cuenta el pueblo? ¿Hay historia verdadera o sólo estamos en presencia de pura mitificación? Pese a que las respuestas a éstas preguntas nos mantienen al filo del desconocimiento vital, se nos presenta ahora, un nuevo sentido interpretativo comunitario. Ahora, la verdadera historia es siempre la que se hace en alteridad. El mito se nos presenta como una dádiva. Es una historia que se nos regala.
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Es así como la cultura se constituye como el existir en la superación de la conciencia, en donde hay una identificación mítica del pecado.
Es una cultura que se nos presenta no sólo como técnica, sino también como cobertura. Es un hábito, pero al mismo tiempo, constituye una vestimenta.
¿La cultura, por tanto, es obra divina o sólo excrescencia? ¿El hombre es un animal divino o enfermo?
A contar de lo anterior, podemos deducir que toda recepción del pensamiento se da en el sujeto. Pero aquella reflexión instaurada en, quién sabe, algún topos determinado, es lo que nos mueve a interpretar y a situar nuestra tradición; indeterminada, por tanto, de cualquier límite de apariencia.
Aletheia
Extractos del ensayo "La ajenidad (de)forma"

El 'darse cuenta' como tragedia


"...borrarán, olvidarás, confundireis, no escucharás, pues nunca hubo ruta ni señal alguna..."

Borrarán aquello que estaba, olvidarás lo que tomaste de aquello precenciable, confundiréis lo que se olvida con las señales presentes, no escucharás en el olvido dichas huellas, pues nunca hubo ruta tras esas confusas marcas.

Un proceso de extrañamiento que impulsa el desprendimiento de la conciencia de un cuerpo necesario (¡Mujer!).

Una conciencia sin linealidad y una desaparición inundada de divagaciones.

Cinco años permanece lo plasmado. En diez años actúa el olvido. A más de alguien atormenta la confusión e inversión productora de sordera. Mas, la conciencia extraviada, pierde su sentido en la desaparición por negación del instante.

Aletheia
A propósito de Juan Luis Martínez "La desaparición de una familia"

Transposición del alma



Toda palabra precede nuestra existencia. Todo decir antecede el propio decir. Toda palabra se presenta como un suceso que no tiene pertenencia.
Esta vida, nuestra vida construida de palabra, es un tener inexistente, una construcción con materiales tomados del derrumbe de una vida pasada; intentando mantener su originalidad en un presente alimentado de huellas literarias.
Entonces ¿Qué se traduce cuando se traduce? (y a lo lejos retumban en mis oídos los gritos de Borges). Al parecer es incluso más pretencioso y soberbio de responder, que el ya conflictivo intento de representar fielmente el sentir carente de sonido. Incluso (¿O excluso?), el gesticular tendría más intensidad y llegada (como si importara más que la partida), que un discurso distosionado por el camino tambaleante de la transposición del alma.
Se observa, a saber, una suerte de cración supeditada a creatividad esencial e inspiradora: Una unión naciente de la incompatibilidad suprema y terrenal.
La traducción de un texto, por tanto, no conlleva el grado de dificultad ni el evidente margen de error que produce el paso antecedente a ésta: la de volcar asertivamente el alma en el lenguaje bajo estructura normativa.
Es un peligroso juego de equiparación de "lo que es" y lo que "se dice que es", que es más un decir de decires. Una verdad contaminada por su propia expresión.
Tampoco se piense que el original cuenta, valga la redundancia, con la misma originalidad como característica. Asi, por el contrario, es un estar siendo imposible de aprehenderse a sí mismo.
No es la equivalencia de palabras lo que es menester en una traducción como sinonimia de expresión idiomática e ideomática; es más bien, el sentido. Es éste el responsable de sopesar lo que está dicho y su forma.
En la traducción está la pérdida constante del valor original, el cual presencia su propia aniquilación.
Toda traducción, es necesaria deslealtad tras quiebres unificadores. Un llamado lenguaje puro.
Aletheia
A propósito de W. Benjamin en "La tarea del traductor"

La división es lo que constituye al sujeto



"Las razones para escribir un libro pueden ser remitidas al deseo de modificar las relaciones que existen entre un hombre y sus semejantes. estas relaciones son juzgadas como inaceptables y son percibidas como una miseria atroz"
Georges Bataille
No pensemos que este deseo de modificación se presenta como simple altruismo en pos del bien común.
Si nos detenemos a analizar, nos daremos cuenta que va de la mano a la necesidad de cubrir un ansia de poder; a saber, ese llegar a la masa y de alguna forma convencer.
La escritura es una herramienta (¡Y vaya que me acongoja el sólo hecho de plantearlo así!... concepto carente de belleza) que puede ser utilizada tanto explícita, como implícitamente para trastocar significados en el papel de acuerdo a un contexto. Es ahí donde, precisamente el autor, debe ser capaz sutilmente de llevar a otros al auto convencimiento; transportándolos en un viaje de belleza estilística, obviando así, toda intención demagógica por el autor.
Pero, ¡Cuidado lectores empedernidos, ávidos de conocimiento!, las palabras no desaparecen al término de un escrito, mucho menos al desechar una hoja de papel.
Esas frases parasitan de sus inconscientes. Se alimentan de sus ojos...
Como se darán cuenta, queridos lectores, les será imposible olvidar las palabras de una mujer atada y liberada al mismo tiempo, por las cadenas que ocaciona el lenguaje, pensando cándidamente poder deshacerse de una vez y para siempre, de lo que en algún momento leyó.
Aletheia
A propósito de G.B