abril 08, 2006

Espinosa conciencia


No saber
No escuchar
No callar
No reir
No evadir
No tocar
No olvidar
No pensar
No esperar
No llorar
No ignorar
No gritar
No rozar
No omitir
No sentir
No obligar
No mirar
No abortar
No luchar
No elegir
No ayudar
No besar
No lograr
No esconder
No decir
No inmiscuir
No vivir
No entregar
No recordar
No gemir
No escapar
No negar
No transar
No eludir
No soñar
Tantas negaciones para un sólo No amar
Aletheia
A ti, a mí y a nosotros.

Deliros (Novena parte)


Déjame crear microclimas de sensatez...

Aletheia
A claudio Bertoni

¿Pérdida? ¿Perdida?

Cerró la puerta con llave, con doble llave, con triple llave, con todas las llaves que existen, que más que llaves son vueltas de llave...y así al infinito.
Acostumbraba encerrarse al estar en casa y a dejar de par en par las puertas una vez que iba de salida.
Abrió cajoneras, cajas y pensamientos, disponiéndose a guardarlo en su estrecho bolso, tan estrecho como los pasillos que daban a su habitación.
Todo decía que este sí sería el viaje que pondría fin a la incógnita. Ese viaje que había esperado toda su vida, toda su lenta y corta vida.
No tenía mucho que guardar, pero si bastante que perder si se olvidaba de llevarlo todo.
Sacó de su bolsillo una boleta de la farmacia de la esquina (de una de las tantas donde había una farmacia). Al reverso tenía la lista que había hecho con apuro dentro de la cabina telefónica acerca de lo que pretendía llevar a su viaje.
No había tenido tiempo de lavar, ordenar y limpiar, aunque nada sucio o que no estuviese en su lugar apremiaban dichos actos.

Abrió la puerta con llave, con doble llave, con triple llave, con todas las llaves que existían, que más que llaves eran vueltas de llave…y así como en un comienzo.

Nadie se extrañó al verlo partir, así como tampoco nadie se acercó a despedirse.
Yo miraba tras la mecedora de mi abuela como tras tropiezos aquel viajero se apresuraba a llegar a algún lugar.
Miraba su reloj y tosía mientras sus botas se empolvaban.
En su mano izquierda llevaba un libro. En su otra mano el bolso y un mapa.

Rápidamente entre a mi casa, tomé un abrigo y salí por la puerta trasera.

Aquel viajero se había detenido en la esquina de la avenida esperando la luz cambiara.
No se me ocurrió otra cosa que llegar a su lado y esperar con él el paso peatonal.

-¡Pensé que no llegarías!- me dijo.
Su mirada era una de las más hermosas que he visto, y ¡Vaya que han pasado tantas por mis ojos! Su piel era clara y tersa. Tanto que parecía no haber ocupado espacio en ella, pues no existía huella alguna de recorrido vital. Tenía la nariz poco prominente y sus labios parecían ser seda de la más noble.

-¡Pensé que no llegarías!- repitió.
-Lo sé- respondí.

Aún me pregunto por qué lo hice.

Nuestro viaje fue poco usual. Hablamos mucho. Hablamos de todo lo que se dice y se calla, de todo aquello que vemos y de todo aquel que nos ve.
Insistía en llamarme Vicente, mas nunca repliqué aquello. La verdad es que ni siquiera yo sabía mi verdadero nombre.

Pasaron 28 años antes de darme cuenta que he vivido sin preguntas acerca de él.

Todos los días lo paso a buscar para los ensayos, pero nunca lo encuentro en su casa.
Con el tiempo me acostumbré a no golpear, ya que, sabía que si su puerta estaba abierta, él no estaría en su interior.

Siempre lo encuentro en el mismo lugar. Siempre lo encuentro en la Avenida antes de cruzar. Del mismo modo como todos los días, posa sus ojos en mí, respira tranquilo y exclama:

-¡Pensé que no llegarías!

Aletheia

A los que estuvieron, a los que se fueron y a los que ya no están (que siguen siendo los mismos).

El pequeño genio

...yo no dejaba de miralo. Parecía aterrado y famélico. Entonces dirigió sus ojos a su madre tras escuchar una sirena, y dijo:

-¡Mamá!: ¿Por qué la gente se está muriendo?

Mis piernas comenzaron a temblar.
Al próximo paradero descendí del bus.

Aletheia
A propósito de un niño con el que tuve la suerte de compartir mi viaje en transantiago

Movimientos


Mi muñeca volvió a hablar: "Estoy agotada de tanto escribir".

Aletheia
En agradecimiento a todas las muñecas analfabetas

Un cansancio multicolor


He regresado a penetrar esta noche sonámbula
(que no es en mí, sino por mí)
A cautivar la luna y a hacer suspirar al viento.
Siento el temor del tiempo que separa en mundo el mundo.
Tras los escondidos, llenos de lodo
se vislumbra un poder que me pertenece.
Su debilidad es mi sutileza callendo ante sus propios rostros
envenenados y atemorizantes.
Las imágenes del pasado quedan como tales.
He olvidado el rostro de la multitud y
nada más añoro que la brumosa calidez de mis sueños despiertos.
El frío de esa noche desierta de suspensos,
llena de un todo pasajero y distante
marchita la rosa sedienta de piel.
Camino.
Camino ligero.
Recorro el fuego que provoca el encierro.
Comienzo a disfrutar la agonía mientras desaparezco en él (en el)
...horizonte.
Se esfuman las palabras antes del descanso.
Aletheia
Al bufón con el que quise tropezar en calle Merced

Manteniendo la distancia

¡Toma!
De ese espíritu impaciente un aliento
¡Calla!
Ese aliento que sabe a fruta y café
¡Putrefacta locura!
Rescata la pasión de los actos
Aletheia
A propósito de la liberación...de todas ellas

Sobre reptiles y peces


El árbol ya no desciende las praderas aumentadas en mis pasos.
No desea descender a los pies de los reptiles, ni caminar acompañando a los peces.
Tampoco bordar mientas la lluvia cubre los rostros disimulando el temor de ser vistos.
La vergüenza de demostrar, la vergüenza de ser, de ser ahí, de ser en sí, de ser-pientes y otras cosas.

Mientras la vela sigue encendida, las luces perdidas prendidas y el cielo iluminado y mientras mentes bien despiertas mienten sobre pozos turbios, te acicalas el espíritu con remordimientos creativos.

Él lo mira, ella gira. Aquella se cruza y yo tropiezo en un basurero.
De todas formas me devuelvo y asciendo al árbol.
Tiemblo y continúo escribiendo.
Aletheia
A própósito del arrepentimiento de un lagarto