
Me rasco la cabeza, justo en el lugar donde tengo cabello.
Ahí mismo, sí.
Ahí mismo donde obró una o varias palomas juntas al salir yo de clases.
Y no me refiero a tantas chicas llamadas Paloma, sino a una de carne, huesos y plumas.
Aunque no faltará la que ande por ahí echando vuelo, pero de poca probabilidad de ser gris, posar en la rama de un hermoso árbol y literalmente defecar a cuanto peatón se atreva a ocupar su espacio, el espacio para hacer sus necesidades básicas. Que no son ni básicas ni cardinales.
Cardinales tal vez sí, como los puntos que recorren mi escritura. Como el Norte, donde quise arrancar cuando me seguías. Como el Sur, donde viví pero no recuerdo cuándo. Como el Este (y no éste) , donde bailé hasta que se me gastaron los zapatos (aunque eran zapatillas....y de muy mala calidad). Como en el Oeste, donde arrastré la basura que me pidieron deshacer.
Y me sigo rascando la cabeza, aunque ya me pican los dedos de tanto acariciar las historias y no poder poder posarlas en un árbol. Y no poder posarlas para deshacerme de ellas, como lo hacen las palomas al pasar gigantes deseosos de contar algo de lo cual nunca fueron parte, sino lastre.
Aletheia
A propósito de mi cabello









