abril 11, 2006

Fríos desgarramientos


Todos parecían desear el regreso. Al menos docientas personas esperaban auxilio en aquel lugar tan inóspito de satisfacción.
En ese instante, la música comenzaba a inundar mis oídos.
Disfrutaba del deseo de todos mientras observaba a uno entre ciento noventa y nueve que me parecía conocer.
Estaba tratando de descifrar al menos la última conversación con ese sujeto, cuando se aparecen dos niñas diciendo:
-¿Me da una moneda de cien pesos?
Estaban con sus rostros sucios, olían a piel y sus vestidos tocaban casi el suelo.
Introduje mi mano al bolsillo para sacar algo de dinero. Las niñas miraron mis manos y en un afán por no perder su cliente, agregaron:
-Mire como tengo las manos - dijo una de ellas. Su mano pequeña tocó la mía y estaba tan helada como la de cualquiera de nosotros en el lugar.
¡Estamos muriendo de frío! - agregó.
No sé por qué sonreí. Sólo pude decir:
-Está bien. No te preocupes, sí te daré dinero.
Después de entregárselo, muy agradecidas se fueron las dos pequeñas recorriendo toda la columna de personajes histéricos, tristes, enojados e indiferentes.
Ma de alguien les dio algo de sus bolsillos. Más de muchos se entretuvieron en hacer ese movimiento en su espera.
Nunca me había enfrentado a dos inocentes criaturas que tuvieran tal control de sus estrategias o tal vez he conocido demasiadas. He ahí la causa de mi sonrisa (y ahora de mis carcajadas).
Seguíamos esperando el carrito mágico y ellas ya habían llegado a su destino. Tenían las esperanzas en su mano, una sonrisa en su rostro y los dedos fríos por tanto tocar los metales de las monedas.
De tanto irrumpir en momentos ajenos, en lugares ajenos y en palabras ajenas. Terminé por comprar pasos en falso.