abril 08, 2006

¿Pérdida? ¿Perdida?

Cerró la puerta con llave, con doble llave, con triple llave, con todas las llaves que existen, que más que llaves son vueltas de llave...y así al infinito.
Acostumbraba encerrarse al estar en casa y a dejar de par en par las puertas una vez que iba de salida.
Abrió cajoneras, cajas y pensamientos, disponiéndose a guardarlo en su estrecho bolso, tan estrecho como los pasillos que daban a su habitación.
Todo decía que este sí sería el viaje que pondría fin a la incógnita. Ese viaje que había esperado toda su vida, toda su lenta y corta vida.
No tenía mucho que guardar, pero si bastante que perder si se olvidaba de llevarlo todo.
Sacó de su bolsillo una boleta de la farmacia de la esquina (de una de las tantas donde había una farmacia). Al reverso tenía la lista que había hecho con apuro dentro de la cabina telefónica acerca de lo que pretendía llevar a su viaje.
No había tenido tiempo de lavar, ordenar y limpiar, aunque nada sucio o que no estuviese en su lugar apremiaban dichos actos.

Abrió la puerta con llave, con doble llave, con triple llave, con todas las llaves que existían, que más que llaves eran vueltas de llave…y así como en un comienzo.

Nadie se extrañó al verlo partir, así como tampoco nadie se acercó a despedirse.
Yo miraba tras la mecedora de mi abuela como tras tropiezos aquel viajero se apresuraba a llegar a algún lugar.
Miraba su reloj y tosía mientras sus botas se empolvaban.
En su mano izquierda llevaba un libro. En su otra mano el bolso y un mapa.

Rápidamente entre a mi casa, tomé un abrigo y salí por la puerta trasera.

Aquel viajero se había detenido en la esquina de la avenida esperando la luz cambiara.
No se me ocurrió otra cosa que llegar a su lado y esperar con él el paso peatonal.

-¡Pensé que no llegarías!- me dijo.
Su mirada era una de las más hermosas que he visto, y ¡Vaya que han pasado tantas por mis ojos! Su piel era clara y tersa. Tanto que parecía no haber ocupado espacio en ella, pues no existía huella alguna de recorrido vital. Tenía la nariz poco prominente y sus labios parecían ser seda de la más noble.

-¡Pensé que no llegarías!- repitió.
-Lo sé- respondí.

Aún me pregunto por qué lo hice.

Nuestro viaje fue poco usual. Hablamos mucho. Hablamos de todo lo que se dice y se calla, de todo aquello que vemos y de todo aquel que nos ve.
Insistía en llamarme Vicente, mas nunca repliqué aquello. La verdad es que ni siquiera yo sabía mi verdadero nombre.

Pasaron 28 años antes de darme cuenta que he vivido sin preguntas acerca de él.

Todos los días lo paso a buscar para los ensayos, pero nunca lo encuentro en su casa.
Con el tiempo me acostumbré a no golpear, ya que, sabía que si su puerta estaba abierta, él no estaría en su interior.

Siempre lo encuentro en el mismo lugar. Siempre lo encuentro en la Avenida antes de cruzar. Del mismo modo como todos los días, posa sus ojos en mí, respira tranquilo y exclama:

-¡Pensé que no llegarías!

Aletheia

A los que estuvieron, a los que se fueron y a los que ya no están (que siguen siendo los mismos).

1 comentario:

Anónimo dijo...

me gustaria encontrarte en otra avenida, y decirte hola te estaba esperando sabia k llegarias nuevamente a cruzar esta gran avenida junto a mi!!!!